lunes, 27 de julio de 2026

De la costa a la cordillera: La ruta de la bomba que subió por la Carretera 15 hasta Cayey

Aunque el retumbo de los barriles de bomba suele asociarse de inmediato con el salitre, las haciendas cañeras y el paisaje costero de pueblos como Guayama, Ponce o Loíza, la historia musical de la Isla guarda un capítulo fascinante en las alturas de la Cordillera Central: la huella indeleble de la bomba en Cayey. A lo largo del siglo XIX y principios del XX, el intercambio cultural entre la costa sur y la montaña no solo se dio por razones comerciales, sino humanas. Con la apertura del antiguo Camino Real —hoy la histórica Carretera 15—, decenas de trabajadores, arrieros y peones se desplazaban entre los cañaverales de Guayama y las haciendas cafetaleras y tabacaleras de las lomas cayeyanas. En ese ir y venir por la sierra, los migrantes no solo transportaban frutos y mercancías; en sus equipajes invisibles llevaban los toques, los cantos responsoriales y el baile que definían su identidad. El tambor en la bruma de la montaña A diferencia de la instrumentación jíbara tradicional dominada por el cuatro y el güiro, la bomba encontró en Cayey un espacio de convivencia e hibridación. En los recesos de las jornadas agrícolas o durante las celebraciones comunales al finalizar las cosechas, el sonar del barril buleadory el repique del primo o subidor marcaban el ritmo en las comunidades del interior. La métrica de las canciones también reflejó esa geografía accidentada. Las coplas tradicionales, caracterizadas por el formato de llamada y respuesta entre el cantor y el coro, comenzaron a narrar los avatares del viaje por la Carretera 15, el frío de la sierra, los personajes del camino y el trabajo en las fincas de la montaña. Ritmos como el sicá y el cuembe se adaptaron a la cadencia de la vida en la cordillera, creando un estilo de ejecución que combinaba la elegancia del piquete con la sátira y el relato cotidiano. Un legado que florece en el presente Hoy día, la presencia de la bomba en Cayey vive un importante proceso de rescate y revalorización. A través de bombazos comunitarios, talleres de confección de instrumentos y espacios educativos impulsados por gestores culturales y colectivos universitarios, el *soberao* —el círculo donde dialogan el tocador y quien baila— vuelve a abrirse en los valles cayeyanos. Esta conexión histórica reafirma que la Carretera 15 fue mucho más que una vía de transporte: representó una arteria viva por donde la afrodescendencia y la cultura autóctona treparon la montaña para echar raíces profundas en el corazón de Puerto Rico.

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